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Decía la Madre Teresa de Calcuta que ‘nunca sabremos lo bueno que una simple sonrisa puede llegar a hacer’. Y así es. Muchas personas, en muchos rincones del planeta, no le otorgan su inestimable valor real, por desgracia. Aunque para otras tantas, en tantos otros enclaves, por fortuna, ésta representa para ellas, lo más bonito y honesto que otro ser humano te puede ofrecer. Como lo es tenderte la mano. Pero, la diferencia radica en que, con una sonrisa, lo que te están entregando por completo es su alma. Además de la transparencia, humildad, apoyo, agradecimiento, sinceridad, protección, amor y fuerza, que una sonrisa, honesta y limpia, de otro ser humano nos transmite. 

Una sonrisa real, en un bache determinado de tu camino físico y emocional, te hace ver una luz al final del túnel, sentir un cálido abrazo en tu ser y verte rescatado. Si la mirada es el reflejo del alma. La sonrisa es el reflejo de dos almas que se reconocen como tales, como iguales. Las sonrisas hablan todas las lenguas y curan heridas, o como mínimo, las palian. Si eres observador, si te fijas en los ojos de una sonrisa auténticamente pura, apreciarás, en el fondo de sus pupilas, el brillo de una bondad y conexión indescriptibles. 

Y así eran su sonrisa y sus ojos. Así lo eran para mí, al menos, en una etapa en la que había perdido toda esperanza y la vida me tenía, literalmente, de rodillas y contra las cuerdas. 

En ellos me perdí desde el principio. Rehuía su mirada sin evitarlo cuando nos vimos por primera vez. Y me costó sudores mantenérsela durante nuestra primera cita. Me deslumbraban con una intensidad e inteligencia, que me asustaban. Me infundían un máximo respeto. Me analizaban. Me escudriñaban. Las personas más inteligentes que yo me dan miedo. No lo puedo evitar. La inteligencia es lo más atractivo del mundo. Y la suya lo era, lo es y lo seguirá siendo. 

Habíamos sufrido, de manera diferente, del mismo modo. Y conectábamos. Aunque no supe ver todo eso entonces. Ni leer las múltiples señales. Por simple inexperiencia. Por no saber lo que era el interesarle a alguien. No me creía merecedor. Ni me imaginaba que me viera más que a una posible nueva amistad. No fui capaz de darme cuenta de que no era yo el único que sentía lo mismo y que era recíproco. Y lo eché a perder. Nunca pretendí hacerle daño. Tardé años en recuperarme de haber perdido lo mejor que me había sido dado por mi incapacidad a comunicar. A un decir ‘te quiero’ a tiempo. Hoy tiene su familia y es feliz. Es lo único que me importa.

Tenía la sonrisa más bonita que nunca he visto. Al igual que esos ojos llenos de vida, amor hacia el prójimo y una envidiable felicidad. Llegó a mi vida de la noche a la mañana a principios de enero de 2013, en mi tramo final como cuidador, y dejó tal huella en mí, que solo el propio Alzheimer lo podría borrar de mis recuerdos. Especialmente, esa sonrisa.

Quiénes desprecian la riqueza de las sonrisas, lamentablemente, no son conscientes de su auténtico poder, hasta que se encuentran en una situación tan negra o en pozos tan profundos, como era mi caso, cuando nos cruzamos. Su senda y la mía se unieron en un punto concreto. Sin casualidades. Y con todas las causalidades del Universo. Su sonrisa me salvó la vida.

Lo nuestro no tuvo que ser. Ambos tenemos esas creencias existenciales en las que estamos aquí para aprender unos de otros a amar y perdonar. Como seres humanos. Como almas. Las lecciones fueron aprendidas. Su senda y la mía se unieron en un punto concreto. Sin casualidades. Y con todas las causalidades del Universo, como he dicho. Y se separaron de igual manera. Hoy solo le pido que siga sonriendo y haciendo sonreír a miles. Las sonrisas tienen la magia y poder de cambiar el mundo.

Mi alma sonríe a la tuya.

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