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Cuando era pequeño y su madre le llevaba al colegio de la mano, justo era cruzar el umbral de la entrada y organizar el mismo gran drama de siempre. 

Primero, aminoraba el paso a medida que se aproximaban a la entrada principal del edificio. Luego, se detenía a pocos metros de las grandes puertas metálicas verdes que le aislaban del mundo exterior cuando las cruzaba y se cerraban tras de sí. A continuación, la miraba con unos grandes y tímidos ojos marrones que reflejaban una profunda tristeza. Y, finalmente y sin poder contenerse, rompía en sollozos cuando llegaba el momento más temido por él: la despedida. Despedidas que podían llegar a durar hasta más de media hora. Despedidas en las que su tutora debía acabar interviniendo para convencerle de que se uniera al resto de su clase. Mientras, le aseguraba que al final de la jornada su madre volvería a recogerle.

Para él, ese adiós significaba la separación física de la persona que más quería y seguro le hacía creerse a sus escasos cuatro años de edad. Algo, que le provocaba los sentimientos de soledad, ansiedad, angustia y abandono más absolutos. 

Y así, cada día, fuera lunes o fuera viernes, lloviera o hiciera sol, acababa agarrado de su falda con sus diminutas manos y llorando con el rostro hundido entre sus pliegues. Como si no fuese a volver a verla jamás. Como si él no importara. Como si estuviera siendo dejado ahí, a su suerte, cual naufrago en medio de un vasto océano. Aún por mucho que supiera que, en cuanto sonara el timbre de salida, allí volvería a estar ella con su sonrisa más tierna y su merienda en el bolso. No podía remediarlo. Él así lo sentía y lo creía con todo su ser. Ese era el mayor de sus miedos en su reducida realidad: no significar nada, no reconocerse merecedor de la existencia que le había sido otorgada. Y a diario, durante uno o dos años, experimentó la misma sensación de desolación; un sentimiento que jamás le abandonaría. 

Si cierra los ojos, todavía puede percibir sus pequeños brazos asiendo con fuerza las piernas de su madre. Y a esta, con sumo amor y paciencia, riendo con cariño mientras le despegaba de ella, prometiendo que esa tarde estaría de nuevo en la puerta esperándole. Pero nunca le acababa de convencer. Tenían más veracidad sus miedos y falta de estima hacia su propia persona que las palabras de su progenitora. 

Es curiosa la perspectiva que tenemos de la vida cuando somos pequeños. Cuando todavía no hemos sido contaminados por nada, ni por nadie. Cuando somos pura expresión y emoción universal. Cuando sentimos sin entender. Quizá hay miedos que nacen con nosotros. Miedos que puede que nos acompañen de vidas pasadas, o de un conocimiento colectivo subconsciente, de lo que vamos a tener que experimentar en esta. Quién sabe.

¿Porqué tenía tanto miedo a enfrentarse a la vida siendo tan pequeño? 

Hoy ya, como adulto, mira atrás y sigue sin obtener repuesta. Tampoco es que en realidad la necesite, ni la busque. En un pasado, seguro. Ahora, ya no. Otras preguntas y preocupaciones superiores la han reemplazado. 

Sentado ante mí percibo como su mirada se pierde en ese recuerdo. Suelta una comedida risa. Y se lleva las manos a la cabeza con cierta incredulidad y asombro. 

Llegó a convencerse a sí mismo, como el niño inocente que era, que si le pedía a su madre uno de sus pañuelos, puede que ella no viniera a por él. Pero no le cabía la menor duda de que tendría que regresar a por el segundo, sí o sí. Le daba igual si estaba limpio o usado. Eso era lo de menos. Lo imperante era hacerse con uno. Si se hacía con su pañuelo, tenía la certeza de que en algún instante lo necesitaría y volvería a recuperarlo. Ese era su pensamiento. Y utilizando esa metodología, cada día se hacía con uno y se lo guardaba en el bolsillo de su bata con sumo cuidado para introducir su mano y aferrarse a él cuando lo requiriera. Tener uno en su poder le aportaba confianza y seguridad. Era todo lo que necesitaba para sentirse a salvo del vacío y el abandono. Era su amuleto.

Pasó el tiempo y llegó el día en el que dejó de pedirlo, un punto en el que no lo necesitó más. Ese hábito desapareció de su vida. 

‘No podría indicar cuándo ocurrió. El antes y el después al pañuelo, me refiero. No sé si fue algo gradual o radical. Lo que no olvido es que problemas mayores eclipsaron cualquier atención a otro ámbito que no fuera el de mi salud. Un pañuelo ya no servía como solución cuando te despiertas ingresado en la unidad de cuidados intensivos infantil de un hospital, rodeado de tubos y cables por todo el cuerpo, con sujeciones, y con otros niños llorando, gritando y sufriendo a tu alrededor. Ahí no había pañuelo que valiera. Mi infancia fue una mezcla a partes igual de amor y miedo. Amor y miedo. Mucho amor. Y mucho miedo. Más miedo que amor, por desgracia.’

Algunos de nosotros, en instantes de la vida, hemos necesitado ese pañuelo. Ese algo, particular para cada uno, al que asirnos en momentos de temor e inseguridad en alguna etapa de nuestra existencia, que nos hacía o nos sigue haciendo sentir ser capaces de afrontar lo que sea. Y olvidamos, o no llegamos a comprender o quizás no queremos hacerlo, que no es ese objeto inanimado, en concreto, el que nos da el valor para lidiar con todo reto que se nos presente. Somos nosotros mismos, los que le conferimos a dicho “pañuelo” la potestad de acarrear nuestra autoconfianza y fuerza interior. Cuando lo que debemos hacer es creer en nosotros mismos, en nuestras aptitudes y cualidades, y en que no hay “pañuelo” que necesitemos para transitar por este camino. Solo a otras personas dispuestas a comprendernos, apoyarnos y hacernos entender que no estamos solo. Tú eres tu propio pañuelo. Nunca lo olvidemos. 

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